Diremos adiós dentro de ...

Sombras de guerra.

Espada guerra
Taringa!

BrunoSombras de guerra.
Artículo … 1.310.
Categoría … Relatos.
Publicado por … Bruno Fernández.

Postrado y cabizbajo no es capaz de saber con exactitud el tiempo transcurrido desde que entró.

Una vez más, sus pensamientos recorren las calles y tierras, montañas, ríos y cielos de la aldea que lo vio tomar su primer aliento.

Una cálida tarde de principio de otoño, en un casa recién construida, con el olor a madera recién cortada flotando en el aire, una mujer de anchas caderas y mejillas enrojecidas le dio la vida.

Su madre, una mujer fuerte de rostro redondeado y con el pelo rubio y rizado siempre lo trató con ternura y paciencia. Nunca imaginó que pudiera llegar a extinguirse el brillo de un alma como esa. Siempre activa, demostró más de una vez que sabía defender como gato panza arriba lo suyo.

Con su padre no pudo pasar mucho tiempo. Llamado una y otra vez para largas campañas de guerra, volvía cada vez más cansado y con la mirada turbia y perdida. Siempre iba directo a pedir perdón con las vidas arrebatadas a la misma capilla donde él se encontraba.

Con Javier por nombre y sin hermanos pronto se hizo con el cariño de sus vecinos. Como todos los niños fue iniciada en el arte de la espada mediante juegos y pequeñas escaramuzas.

Sería un hermano de su padre, para él que habían terminado las guerras cuando una lanza atravesó su pie y se lo dejó clavado al caballo, quien le enseñara lo que el resto de jóvenes desconocían sobre la lucha cuerpo a cuerpo. Pronto comenzó a destacar del resto y fue incorporado a los ejércitos antes que ninguno de su generación. Convertido en un muchacho alto y de hombros anchos, lucía una larga melena castaña que caía rizada sobre su espalda. Marchó un rosto afable de mirada tierna a la llamada de su rey.

En sólo seis meses volvió un hombre delgado de cuerpo y seco de alma. El azul de sus ojos se había convertido en una muralla de hielo que no dejaba paso a sentimiento alguno. Ya había los que era sentir la sangre caliente correr por su brazo cuando hundía la espada hasta la empuñadura.

Cuerpos cercenados y rostros contraídos en horribles muecas de dolor. Padres, hermanos e hijos que quedarían allí para los cuervos y no volverían a amar a sus mujeres ni a abrazar a sus seres queridos. Y otro padres, hermanos e hijos que durante años seguirían esperando el regreso de aquellos que amaron y que no tendrán ni el consuelo de una tumba donde llorarlos.

Así pensaba la primera vez que regresó y fue directo a la capilla. A pedir perdón. No amaría mujer alguna ni engendraría hijo que tuviera que pasar por lo mismo. Diecisiete años habían pasado desde entonces. Ya no era capaz de limpiar por completo la sangre seca que quedaba en sus uñas tras cada batalla.

El frío suelo de mármol le había entumecido las rodillas y tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantarse sin gritar de dolor. Las primeras y débiles luces entraban por las pequeñas hendiduras que hacían de ventanas.

Con los años su aldea había prosperado muy rápidamente. Incluso habían empezado a construir una catedral donde los que quisieran ya podían acercarse a rezar puesto que la cripta había sido consagrada. Pero Javier siempre prefirió aquella pequeña capilla donde apenas entraba la luz. El pequeño y antiguo altar le eran tan familiares…, y el Cristo colgado al fondo, entre dos grandes pinturas representando la última cena y la ascensión, le reconfortaban el alma.

Su espada y su escudo habían sido alcanzados por finos rayos de solo que los hacían centellear. Ambos habían sido engrasados antes de entrar. El escudo para desviar flechas y mazazos con más eficacia y la espada para que no pudiera atascarse en su vaina y su hoja saliera con celeridad.

Era esta fina capa de aceite la culpable de que ambas armas brillaran como nuevas. De pie frente a ellas, las miró un instante como si no las conociera, deseando poder pasar de largo. Pero no podía. Sabía que su presencia sería importante en esa batalla. Una batalla que casi nadie comprendía.

Debían luchar contra su propio Rey. Algunos decían que la aldea había dejado de serlo para convertirse en ciudad demasiado grande y fortalecida como para el Rey no estuviera seguro de su fidelidad. Por ello, había aumentado los impuestos a los campesinos y las tasas a los comerciantes.

Pero el pueblo llano no podía soportar la situación y había empezado a afectar a los grandes señores. Los jóvenes marchaban a otras ciudades y los dueños de las tierras se quedaban sin mano de obra para sus campos. Llevaron sus protestas hasta la corte, amparados en la cantidad de hombres y pertrechos que habían aportado a las innumerables guerras de su majestad. Éste ni siquiera se dignó a recibirlos, y pasada una semana decidieron volver y anular el pago de todos los tributos hasta ser oídos. Ésta fue la excusa de que el Rey estaba esperando para invadir la ciudad y cambiar las cabezas de poder. Por ello, los soldados o estaban seguros de que debían hacer. Su ciudad o su Rey.

Cuando salió de la capilla, sus ojos no veían el camino que sus piernas sí conocían. La luz le impidió ver los rostros que se volvían hacia él y guardaban silencio. Alfredo era uno más de ellos. Nunca aceptó los títulos y tierras que le quisieron conceder por su valor, arrojo y determinación en la lucha. Jamás nadie le había visto retroceder en el ataque ni salir corriendo en la retirada. Sus ojos despedían un frío glacial capaz de amedrentar a cualquier oponente que se atreviera a cruzar su espada.

En alguna ocasión, rivales que le sacaban una cabeza habían preferido seguir la lucha por otro camino después de mirarle. Al igual que un herrero golpea el acero, el maneja la hoja sin vacilar un solo golpe. Todos certeros, todos mortales. Siempre a sus espaldas, sus compañeros cuentan por docenas los detalles de sus combates. Uno de ellos es a destacar, quizás por ser la menos creíble y apetitosa para un soldado.

Cuentan que hace seis años, en el asalto a la ciudad de Tui, que se negaba a pagar los tributos requeridos y amenazaba con el ejército Rodano, enemigo desde tiempos remotos de nuestros monarcas, alguien vio por primera y única vez en un momento que se le vio salir de una casa en llamas con un muchacho aterrorizado de unos doce años en sus brazos.

El muchacho quedó perplejo al reconocer la armadura enemiga de Javier. El miedo le atenazaba las piernas, y quedó de pie mirando como éste recogía la espada y seguía adelante. Siempre adelante. Y es que, realmente con posar un instante la vista en su rostro, nadie podría asegurar que hubiera alma alguna detrás de esa máscara.

Bajaba las escaleras que daban al patio, sabedor de que todos le observaban. Se sentía respetado y temido y conocía lo que ocurriría si marchaba a casa en lugar de caminar hasta el portón principal de la ciudad. Conocía lo que le ocurriría a su ciudad si el ejército del Rey conseguía traspasar sus murallas. Muchas veces lo había visto y por nada del mundo deseaba ver arder las casas, niños y ancianos asesinados y mutilados, mujeres y niñas violadas y degolladas. Ni el propio Rey era capaz de impedir que los soldados vencedores se dieran semejante festín hasta quedar saciados de sangre y fuego.

Defender su ciudad y a los suyos era el motivo más importante que podía imaginar para luchar. Preferiría mil veces morir a ver caer su aldea. Sin dejas translucir duda alguna, llegó a la formación y se colocó en su puesto.

Una espesa bruma se despejó de inmediato de los corazones que le rodeaban. Si Javier estaba allí todo iba bien, se decían sus compañeros. Y es que estos habían visto en más de una ocasión, huir a los condes y duques que debían dar ejemplo. Veloces sobre sus caballos de guerra, tirando estandartes y armas al suelo y siendo masacrados por falta de mando que los hiciera retroceder en formación, había sido Javier quien con voz enérgica y autoridad patente por sus propios méritos, había conseguido recuperar el orden de los batallones y retirarse con un mínimo de bajas en el grupo.

Muchos le debían la vida y ninguno dudaría en darla por él. Con el corazón henchido de coraje y la paz que otorga el morir por lo que merece la pena, todos esperaban que caiga el puente y se abran las puertas.

En lo alto de la muralla, un nervioso centinela cree divisar un objeto lejano y difuso. Se detiene y entorna los ojos haciéndose sombra con la mano sobre los ojos.

Por fin estaba seguro de ver el cóndor blanco sobre el fondo verde que es emblema de su Rey. Por un momento, el vaho se detiene en su boca y después de un largo suspiro, da la alarma…

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4 comentarios
Comentarios
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4 comentarios:

Benjamin Castro dijo...

La alarma de que? Guerra? Paz?... ¡Que manía con dejar los finales abiertos! grrrrr.

Pero bueno, no deja de ser una historia interesante.

Un saludo y te sigo leyendo.

Lucía Magariños dijo...

Jajajajaja, ¡Me encantan los finales abiertos! y lo puñetero que eres dejando las historia así.

Un besito.

Celso Bergantiño dijo...

Una historia increíble, ¡Me ha gustado!.

Un abrazo chiquitín !!.

Marcos Castro dijo...

Ayyyy estos finales abiertos... Pero bueno, muy buena historia.

Un abrazote.

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