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Historia de un cuento.

1.188 | Historia de un cuento.
Relatos.

Escritura
La nostalgia y el recuerdo

Unos viejos sonetos era todo cuanto conservaba de su pasado… arrugados y en la papelera rebosante se derramaban todo alrededor suyo y pavimentaban la habitación entera, como una selva de papel y cargas de tinta a la que era imposible acceder, o como fuera el caso de Beatriz, escapar.

La luz de dos velas le servía de arropo y achantaba a la oscuridad, pero el aire pesaba ya tanto que las asfixiaba y hacía agonizar, incapaces de sostenerse en pie, vacilando y tropezando entre la espesura negra.

Ella, impaciente, en silencio, los tentáculos de las sombras reunían coraje y fuerza para asaltarlas a no mucho tardar.

Solo la quietud de su escritorio le servía para permanecer despierta, la única guía fija en mitad de la película que se le sucedía, al fondo de una sala en que las paredes tiritaban como temiendo una mirada de reojo.

Únicamente la solidez de la madera le otorgaba esa seguridad cuando se acurrucaba.

Estaba absorta, sumida en sus pensamientos, como una anciana encorvada. Tanteaba un colgante que llevaba al pecho y murmuraba palabras que por momentos perdían su sentido, organizándolas en frases hasta diluirse entre susurros, como un cántico espiritual, esotérico…

Llevaba más de seis horas obcecada con aquella "oración" y rara vez dejaba entrever la silueta de su creación: en efecto,  se trataba de una cantante; melancólica y bella, como un deseo de revivir otra era, otro lugar donde la imaginación y la fantasía van como cogidas de la mano bajo un crepúsculo pintado en verso y junto a la marea del clásico "Érase una vez…".

Un edén compuesto por el insomnio y la encomienda al arte. Sus propias historias la habían engullido y ahora ella era la personaje al que todo había que sucederle.

Ya no había regreso posible hasta la hora de poner punto y final, pronto antes de que nuevo pasaje trancara el portón que la permitiera despertar, más cuando habría de terminar solo podía decidirlo la pluma, sólo entonces cuando se dejara resbalar por el sudor de sus dedos hablaría la última.

En aquellas vacaciones del verano del 86, Beatriz se enclaustraba en su cuarto ya retirada de las interferencias de los estudios. Había terminado la selectividad y aún no había puesto pie en la calle desde que recogiera el diploma. Si le preguntasen por el mundo exterior le resultaría difícil concentrarse en qué contestar, como también le costaría reincorporarse a él y aún más, recordar pequeños detalles como por ejemplo donde solía ir a comprar el pan o a que hora sonaba el despertador, detalles muy simples pero que a ella le serían extraños y quien pase más de un mes en sus condiciones compartirá esa sensación, esa en la que la razón se consume lentamente en un duermevela aparte de la realidad, como vivir en un sueño ajeno; percibiendo la propia consciencia en un estado de embriaguez permanente, observando el transcurrir de los actos arrastrándose y saltando sin previo aviso o causa aparente…

Un terror fantasmagórico tan maleable como puedan serlo las ilusiones.

Solo volvía a ser libre muy de vez en cuando, en instantes fugaces, pero bastaban para desconcertarla más gravemente si cabe. Sus párpados se abrían como estallando y toda tonalidad abandonaba su rostro; un pellizco en un entrañas, un susto que hacía escarcha sus pulmones… sólo ella lo veía.

Tras su retina nada se proyectaba, pero en lo más hondo del corte una alucinación la atrapaba: una red muy fina y blanca que lo enredaba constriñéndola, sin que ella pudiera hacer más que una pobre pececilla pescada y sin posibilidad de huir; fuera de esa telaraña pegajosa todo era un caldo en que las formas se desparramaban sin gravedad ni otras leyes físicas que las contuvieran, piezas de un cuadro multicolor que no se corresponden con nada.

La confusión retratada. Y aunque pronto estaba de vuelta, juraría que una pausa en el tiempo la había secuestrado por quien sabe cuanto. Eran toda su vida, su propio sino… todas esas historias que alguien le chivaba muy desde dentro para que las cifrase entre letras, solo libres a sus ojos.

-- Trazos baratos y miserables para quien las lea –. Pensaba.
-- Jamás las entenderían –.

Y no se equivocaban del todo, tal significado era el que la volvía loca incluso a ella, aunque no lo viera así.

Esa pasión era su alimento, su amor, su aire… esa magia era su ayer y su presente, su fruto y su descanso… su voz, su espada… el tejido de un alma tan lírica como fugitiva. También lloraba a menudo por ser diferente, por no recibir nunca el beso de un chico, por estar sola, del dolor que a veces supone sobrevivir… pero encontraba consuelo tan pronto como apagaba la luz y abrazaba una libreta con sus manos; nadie podía quitarle eso, la mayor de sus posesiones, un tesoro sin fondo, la materia de sus sueños… nada ni nadie lo separarían jamás de ellos, ni aún el peor de los destinos.

Nacida para ello, escribir era su objetivo, y lo sabía; de algún modo que ni ella sabía explicarse, pero así era.

Una certeza que la acompañó siempre.

Al fin sucedió que el cansancio la pudo y se durmió. Ya no recordaba lo que es un sueño por definición: una trama irregular de memorias, deseos e inquietudes donde rara es la vez que se tiene el poder de manejarlos a su voluntad.

Y en efecto, no le tocaba a ella narrarla, solo era el peón que marcha al frente y reza para que el mal no le atrape, invocando dioses que no rigen por esos lares.

Quien lo manda es un misterio, pero llamémoslo "una fuerza invisible", parecida sino es la que no ayudaba a trasnochar; en cuyo caso habría de esperar lo inesperado, pues si ya se comportaba extraña, entonces cuánto más podría serlo en su reino: consejera, vengativa, imprevisible…  todo podía ser; ni aún Beatriz se fiaba de él, aunque por extraño que parezca, lo amaba.

Aún cuando su propio sudor temblaba de miedo era incapaz de odiarlo, antes se odiaría a si misma. Era lo absoluto para ella y estaba dispuesto ante cualquier cosa que le enfrentase.

Y el cielo se le echó encima… toda una página le amenazaba desde lo alto y Beatriz corrió.

Corrió y corrió como lo hizo en su vida; sabía que todo aquello era irreal, pero algo la empujaba a correr, un aviso muy persuasivo que creyó explicar como un instinto. Un color tardío, crepuscular, se alzó en forma de polvo intoxicando la atmósfera y los aledaños.

Nada podía vez Beatriz ahora, solo oía un canto arrogante y grave, la voz de una poderosa soprano que bramaba entre la penumbra un hombre familiar… Beatriz.

No había escrito mucho en los campos del terror, pero le bastaba para saber que estaba en uno: esa especie de mago que alzaba los elementos contra ella era suficiente prueba: viento, granizo, rocas… nada faltaba por componer.

Entonces lo vio, tal cual imaginaba, un viejo que gritaba imperativo sobre el filo de un risco, con largas barbas que enraizaban sobre el suelo y blancos cabellos que caían a sus lados muy por debajo de los pies. Su túnica roja roída por los años y un capuchón que le caía hasta la nariz, aguileña y rugosa. El mítico brujo servidor del mal.

Reparó en que ella misma estaba al borde del precipicio y todo un desfiladero lo separaba de aquella criatura. Dirigió una mirada furtiva abajo y cual fue su sorpresa al ver manadas de unicornios, cientos de ellos que marchaban en estampida. Beatriz no daba crédito a esa experiencia.

Un rayo y un trueno irrumpieron y al poco se oyó también lo que parecía un cuerno. El suelo vibró y un repiqueteo de cascos ahogó todos los demás ruidos. Un ejército engalanado de acero y bronce se arrojó contra el huracán y éste silbó acuchillado por las lanzas. Los corceles galopaban impunes a la hechicería, directos a su hacedor. El sol se acababa de eclipsar. Un terremoto sacudió la región y Beatriz fue devorada por una brecha originada bajo sus pies.

Entonces despertó y pudo distinguir un medidor de saturación de oxígeno cuyas constantes se habían disparado. Estaba en un hospital, y no tardaron en enterarle su situación: llevaba en coma dos semanas a causa de una importante anemia, sumado por cierto a la falta de horas de sueño; médicamente hablando, sufrió una deficiencia de riego sanguíneo en el lóbulo frontal que la llevó al desmayo. Los menguados niveles de glucosa y tener baja la tensión no fueron sino agravantes que "le hicieron hibernar". Su cerebro estuvo a punto de apagarse.

Al cabo de tres días en observación y ocho sueros fisiológicos le dieron el alta y volvió a casa. No volvió a escribir hasta septiembre, y cuando lo hizo, ideó el libro que lanzaría su profesión: "El brujo de monte oscuro y el rey de la daba blanca".

Había reinventado su vida, desnudado el alma, aprendió a ser más que letras y a recrear sus días al margen de un guión. Reconoció a la fantasía cuando la encontró por la calle en forma de pequeñas y grandes historias: héroes de hoy que pasan desapercibidos a las crónicas y las canciones, pero como los de antaño, luchan contra la villanía. Caballeros de brillante armadura y bellas doncellas escuderas cuya fuerza reside en una esperanza mágica más alá del fin y de sus muchas hazañas y peripecias. Un toque de poesía y la música de un juglar bastan para hacerlas grandes. Y si ya un dragón, ya un hada intervienen, esta epopeya será maravilla que merezca la lucha de sus personajes. Una remesa de los viejos ideales. Así será parte de las gentes, una leyenda de nuestros tiempos.

Beatriz aprendió esta verdad. Y poco después, al empezar la universidad, conoció al hombre con la que compartiría cada instante en adelante, la que colmaría sus relatos y compartiera sus aventuras.

Terminada ya su novela, a pie de página se podía leer: "… Vivieron felices y comieron perdices".

» Bruno Fernández.

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5 comentarios
Comentarios
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5 comentarios:

Lucía Magariños dijo...

Un cuento con un final feliz.

Un besito !!.

BEA CUDI dijo...

Muchas gracias de corazón, llega en el mejor momento y es un honor para mi. Me ha encantado... Un millon de besos y no dejéis de escribir... Biquiños de corazon

BEA CUDI dijo...

Muchas gracias de corazón, llega en el mejor momento y es un honor para mi. Me ha encantado... Un millon de besos y no dejéis de escribir... Biquiños de corazon

Celso Bergantiño dijo...

Lo que tuvo que pasar la pobre mujer, pero bueno, como todos los cuentos acaban siempre con un final feliz.

Un abrazo chiquitín !!.

Marcos Castro dijo...

Muy buena historia.

Un abrazote.

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