Diremos adiós dentro de ...

Aquella tarde de verano.

1.201 | Aquella tarde de verano.
Relatos.

Casa abandonada
Taringa!

Aquella tarde de verano de hace unos años estábamos mis amigas, Carolina y Elén y yo sentados en el jardín trasero de mi casa.

Por aquella época Elén y yo teníamos 21 años y Carolina 19. Nos aburríamos mucho, así que decidimos hacer algo entretenido.

A Elén se le ocurrió que podríamos ir a la casa de la vieja Iria. La gente del pueblo decía que esa casa estaba encantada, pero Elén y yo no lo creíamos.

Carolina, sin embargo, era excéntrica y supersticiosa y decía que ir sería mala idea.

Tras un debate algo largo decidimos ir a casa de Óscar, el hermano de Elén, y preguntarle que hacer: lo que él dijese habíamos quedado que sería lo que haríamos.

Cuando llegamos a su casa. Óscar estaba viendo la tele. Veía una película rodada en su pueblo, A Rúa, y eso a él le ponía los pelos de punta.

-- ¡Hola Óscar! Queríamos ir a la casa de la vieja Iria y como no nos poníamos de acuerdo decidimos venir a verte. Lo que tú digas se hará. ¿Qué te parece? –.
-- Pues no sé. Ahora estaba viendo una película sobre espíritus muy inquietante –.
-- ¡Vamos! Sólo será ver el interior un poco –. Dije.
-- Es que…
-- Venga –.
-- Bueno, vale. Iré. Esperad a que me ponga una camiseta –.
-- Vale –. Dijo Elén.

Cuando paramos ante la casa, un escalofrío me recorrió la espalda. Algo me decía que debíamos volver y hacer caso a Carolina, pero aún así seguí. El interior de la casa no tenía mucho mejor aspecto que el exterior. Las cortinas estaban desgarradas, los armarios caídos, las sillas astillada, las paredes manchadas, a las camas les sobresalían los muelles y los sofás tenían el relleno de espuma sacado y esparcido. Bueno, no todo. Había una puerta que se mantenía blanca y sin romper.

Cuando fueron a abrirla descubrieron que estaba cerrada con llave. La empujaron y la puerta cedió.

Entraron a una habitación a la que los años no habían afectado. Había una cama que bien podía haber sido de exposición. Me acerqué y me senté en ella, pero me levanté sobresaltado al notar que estaba caliente. Se lo comuniqué a los otros, que la tocaron y extrañamente cuando ellos la tocaron estaba fría.

Había también allí una ventana que no estaba rota, una lámpara de araña, un armario con libros y un reloj.

Además había una foto en el que aparecía la vieja Iria, solo que en la foto no era vieja. Tenía el pelo algo largo, la nariz puntiaguda, un lunar en la barbilla y unos ojos grandes y penetrantes. Carolina se sintió irresistiblemente atraída por la foto. La cogió y se la llevó cuando nos fuimos.

Un día Carolina estaba sola en casa y yo fui a verle. Óscar se vino conmigo, pero Elén no pudo. Tuvo suerte de no venir.

Cuando llegamos, la puerta estaba abierta. Entramos y nos sorprendimos al ver todo por el suelo. Nos acercamos a la puerta de su habitación y oímos un débil gemido.

Cuando entramos dentro vimos a Carolina en medio de un charco de sangre. Tenía la foto de Iria bajo el brazo. Cuando le preguntamos que qué había ocurrido nos señaló la foto y dijo "Iria" muy bajo.

Luego escupió sangre por la boca y se quedó mirando el techo, viva pero inconsciente de lo que ocurría.

Llamé a la ambulancia, pero para cuando llegaron los médicos ya estaba muerta.
Elén llegó más tarde y se llevó la foto.

Un día, cuando estábamos Óscar y yo en la habitación, vimos pasar a alguien por el pasillo. Elén estaba en el baño, por lo que ella no podía ser. Nos asomamos al pasillo y vimos abrirse la puerta del baño y salir a Elén, y entonces una persona salió de una habitación y le empujó por las escaleras y después corrió tras Elén y salió por la puerta.

Óscar y yo bajamos rápidamente y llamamos a urgencias. Por suerte, Elén sólo tenía tres costillas y la tibia de la pierna derecha rotas.

Tras unos días en el hospital pudo volver escayolada a casa y con muletas.

Una semana más tarde estábamos comiendo unas pizzas en el salón cuando Elén dijo que se iba a por más queso. Cuando estaba en la cocina oí un ruido. Fui corriendo a la cocina y encontré a una mujer joven inclinada sobre Elén con un puñal en la mano. Elén sangraba sobre el suelo de la cocina a borbotones. La mujer me atacó, pero yo lo lancé contra una pared. Soltó el cuchillo y corrió hacia la puerta.

Cuando iba a salir la agarré por la camisa. Ella se volvió para deshacerse de mí. Cuando volvió la cabeza vi horrorizado el rostro del asesino. Tenía el pelo largo, nariz puntiaguda, un lunar en la barbilla y unos ojos penetrantes y grandes.

Retrocedí ante iria sin darme cuenta de que la había soltado y ahora escaparía. Luego abrió la puerta y salió a la calle.
-- Ese era la vieja Iria que aparecía en la foto, ¿verdad? –. Preguntó perplejo Óscar desde la puerta del salón.
-- No puede ser (por desgracia yo sabía que sí que podía ser, pues lo acababa de ver).
-- Tiene que ver con la foto, seguro. Estará hechizada o algo así.

Óscar parecía muy tranquilo para lo que ocurría.
--
Óscar, ¿no te das cuenta que nuestro amiga y tú hermana han muerto?.
-- Si, pero el otro día vi algo sobre como acabar con maldiciones. Lo creí una tontería, pero parece que es real.
-- ¿Qué debemos hacer?.
-- Enterrar la foto en el cementerio.

Fuimos al cementerio y cogimos de la oficina del enterrador una pala y un pico. Había también una azada.

Óscar fue a cavar un hoyo para meter dentro la foto. Cuando ya había cavado bastante llegó una persona. Cuando ella se dio la vuelta pensando que era yo se cayó casi del susto.

El que venía no era yo, sino Iria con la azada. Antes de que hiciese nada, Iria lo golpeó fuertemente con la azada en la cara. Iria se iba a ir cuando yo llegué con el pico y se lo clavé en la cabeza.

Cuando saqué el pico se cerró la herida de su cabeza y siguió avanzando hacia mí con la azada en la mano. Cogí el pico y le iba a golpear otra vez cuando tropecé con el hoyo que había hecho Óscar y caí, yendo a clavar el pico en la foto.

De repente se comenzó a “quemar”, convirtiéndose en ceniza. La foto comenzó a envejecer y poco después se convirtió en ceniza al igual que Iria que estaba ante mí.

Tras eso sólo quedamos allí la azada, el pico, la pala, un marco vacío y roto lleno de ceniza, el cuerpo muerto de Óscar y yo, que estaba inconsciente.

Cuando la policía llegó me detuvo y me juzgaron (después de que les contase mi “absurda” historia) y me declararon culpable de la muerte de mis tres amigos.

Ahora ya no vivo en A Rúa, pero el mes que viene tengo un viaje de negocios y pasaré por allí. Pero no se me ocurrirá jamás ir a la casa de la vieja Iria.

Aunque no sé, quizá…

» Bruno Fernández.

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4 comentarios
Comentarios
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4 comentarios:

Benjamín Castro dijo...

Inquietante historia.

Un saludo y te sigo leyendo.

Lucía Magariños dijo...

Al final solo pudo quedar uno.

Un besito.

Celso Bergantiño dijo...

Joder, no quedó ni uno vivo jejejeje.

Un abrazo chiquitín !!.

Marcos Castro dijo...

No dejaste a nadie vivo, ¡que cabrito!.

Un abrazote.

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