Diremos adiós dentro de ...

Ángeles caídos.

Ángel caído
Literatura, poesía, despertar

BrunoÁngeles caídos.
Artículo … 1.572.
Categoría … Relatos.
Publicado por … Bruno Fernández.

Querido amigo, tú no me conoces. Nuestros caminos nunca se cruzaron en la inmensidad de este mundo en el que habitamos. Y ahora ya nunca lo harán. Ni tan siquiera sé tu verdadero nombre. Tu nombre que desde ahora me servirá para englobar a todas las otras personas que existieron antes de ti no conozco y a las que muy a mi pesar, te seguirán.

A éstas, sin embargo, espero tenerlas más cerca que a tus predecesores. Pero la memoria humana es tan débil que no te puedo ofrecer más que eso, mi intención de seguirles la pista, lo que pase al final, ya no depende de mi.

Tú eres ese, esa persona que ahora mismo está leyendo estos párrafos, la que sufre los dolores de una vida sin esperanza. El que yo no conozco ni conoceré, pero que ha marcado un momento en la vida, éste desde el que te escribo.

Más allá de ti, sólo existe lo desconocido. Y sin embargo, aquí me tienes, escribiéndote una carta para darte las gracias. Una carta que nunca leerás. Su único fin es dar forma a unas ideas que se agolpan en mi ente y me causan tatos dolores de cabeza.

¿Será esta una carta sin destinatario? Espero que no.

Yo la destino a ese amigo o a esa amiga que está leyendo esto, la representante de un mundo que estalló en pedazos hace mucho tiempo y que sigue ahí para mostrarnos al resto de los mortales que lo mismo puede pasar con nuestra vida cómoda y aburguesada.

La única certeza que poseo es que mi mensaje nunca llegará a las demás personas. Todo está perdido para ellos, pero quizás esta voz que se alza entre el silencio de la gente pueda evitar que haya otras personas. Que mi palabra no se la lleve el viento, si no que pueda remover los endurecidos corazones de los moradores de este mundo y entre todos podamos dar una nueva viva a tantas y tantas personas como existen y que no conocemos.

Las palabras son lo único que nos diferencia a los seres humanos del resto de los seres vivos. Nos convierte en personas cuando las utilizamos adecuadamente. Cuando no lo hacemos, se pierde la comunicación, aparecen los malentendidos y las guerras. Sean pues, mis palabras, garantes de la comunicación, lleven este mensaje a través de los miles de kilómetros que nos separen y levanten ampollas en el camino.

Ellas son lo  único que poseo. El único regalo que te puedo ofrecer desde la comodidad de mi mundo. Tú me regalaste una sonrisa desde miles de kilómetros. Era lo único que tenías. Yo no puedo corresponderte con menos. Sean estas palabras mi regalo de bienvenida y también de despedida.

Ojalá pudiese darte alas para volar hacia otro mundo más justo donde tu vida fuese más fácil. Pero no puedo. Lo que tengo es poco, lo sé pero es lo máximo que te puedo dar.

Pero las palabras están gastadas, amigo. Los números y las estadísticas, también lo están. Sólo sirven para atenuar los aspectos más trágicos de la realidad. Sólo sirven para intentar alejar, a fuerza de repetirse, la aterradora injusticia que es la reina del mundo.

Un mundo en el que tres mil ochocientos millones de sus habitantes pasan hambre mientras que el veinte por ciento de la población lo observa desde sus cómodos hogares preguntándose porqué les incomodan con semejantes imágenes a la hora de comer. Este veinte por ciento es, a pesar del mal trance de la economía, ciento cincuenta veces más rico que el ochenta por ciento restante, y la brecha que los separa crece día a día.

La gente se ve obligada a abandonar sus ciudades, aquéllas en las que nacieron y donde esperaban morir, para dirigirse a otro país, en busca de un sueño que les libre de sus miserias.

Pero el sueño se convierte en pesadilla, y en lugar del remedio a sus miserias, sólo encuentran más miseria y más opresión. Los conflictos y los odios étnicos arden por doquier, no ya sólo frente a seres de otras razas, si no también de otras religiones.

Es lo único hoy que equipara tu mundo y el mío, ese odio por el que es diferente. Pero a pesar de todo, sigue siendo nuestro mundo, el único que tenemos.

¿Quién soy yo? Te preguntarás seguramente.

¿Qué importa mi nombre tan siquiera?.

Soy aquél que tú nunca serás. Un espectador de la vida desde la comodidad que da un sillón del llamado primer mundo. También soy aquél que cambia de canal a la hora de la cena cuando aparecen las imágenes de los horrores de tu vida. Ése que no puede imaginarse más problemas que los relacionados con su trabajo. El que oye que existen guerras, pero como no pasan en su vecindario, cree que son un invento de los periodistas que cansados de hurgar en las intimidades de la sociedad, buscan nuevas noticias que dar en los informativos.

Tu mundo y tu sufrimiento quedan demasiado lejos del mío. A pesar de que los kilómetros que nos separan, se podrían medir, la brecha es tan grande que no hay mapa capaz de abarcar la distancia que nos separa. No se venden billetes en Internet para la miseria, y en mi ignorancia creo que ésta no existen. No soy importante, amigo. Tan sólo te sigo en tu camino, con la esperanza de que mi vida pueda dar a alguien alguna vez la esperanza que tú diste a la mía esta tarde.

Hoy te conocí, amigo, me sonreías desde la pantalla de un televisor en las noticias de las nueve. Hubo un atentado en tu ciudad, uno más de esos a los que tú ya estás acostumbrada. ¿Puede alguien acostumbrarse a esa vida? Para mí, fue el primero y el único.

No sé qué extraña combinación de fuerzas me impidió cambiar de canal cuando las noticias anunciaron un nuevo atentado en esa ciudad tuya, tan saqueada por la guerra, el hambre y la miseria. La costumbre me dictaba que cambiase de canal pero una fuerza extraña me lo impidió.

Tal vez fuese el destino, que me aguardaba desde una esquina de una ciudad consumida por años de guerra interna e indiferencia del mundo exterior. Un destino que vino a socavar mi cómodo mundo y hacerme salir de la mediocridad en la que me encontraba tan a gusto. No lo sé.

Es posible que algún día lo averigüe, hoy no lo sé. Se presentó en forma de chiquilla, casi una niña que se levantaba de los escombros causados por el enésimo bombardeo con una sonrisa, como si quisiera decir a los asesinos, "Hasta otra compañeros, que está ya ha pasado. Hoy no habéis podido conmigo".

¿Cuántas otras personas habrá en el futuro? ¿Cuántos crímenes más deben cometerse para que abandonemos nuestros cómodos sillones y nos dediquemos a inventar la paz? Y ¿cuántos hubo antes? ¿Cuántas veces te levantaste y no te vi?

A las nueve de esta noche, algo cambió en mi vida. Era como si el cuento del reloj parado a las siete de la tarde se tornase verdadero. El reloj estaba detenido, casi desde siempre, en las siete. Resulta un bello e inútil adorno durante la mayor parte del día. Sólo hay dos momentos en que vuelve a la vida, las siete de la mañana y la misma hora por la tarde. Luego la vida continua para el resto de los relojes, mientras que él permanece fiel a aquella hora en la que alguna vez detuvo su andar.

Algo así me pasó a las nueve de esta noche. También yo me detuve en el tiempo. Me sentí clavado e inmóvil frente a una imagen de desolación. De alguna manera, también era, como el reloj, un adorno inútil en una pared vacía. La pared de mi vida estaba vacía amigo, vacía porque vivo en una sociedad que te da sueños para luego quitártelos y convencerte que lo poco que has logrado ya es todo un éxito.

Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía con el universo. Me lo enseñó una niña escapando de unas ruinas. ¿La conoces tú? Una niña, que probablemente nunca leerá estas líneas y nunca sabrá el efecto que produjo, un hecho para ella normal. Un día más de supervivencia, pensaría.

Tu imagen me ha hecho pensar en nuestro mundo. En esta Europa que los políticos nos han vendido y que dicen ellos, construimos día a día. ¿Qué nos ofrece hoy Europa, amigo? Ya no es la tierra prometida a la generación anterior a la nuestra, ni el sueño, ni el ideal movilizador que levantaba a las gentes. Hoy, sólo ofrece indecisiones y carencias en la reanudada Rusia, guerras fratricidas en el Cáucaso y en los Balcanes, una Italia atribulada en busca de un nuevo Maquiavelo.

Prostituciones y corrupción política por todas partes. Los europeos nos negamos a convencernos de que caminamos hacia un mundo interracial, y que la hibridez es la vía más lógica de enriquecimiento de la cultura, y que sin cultura, nada quedaría de Europa. Y así es como creamos los problemas, derramamos la sangre y causamos dolor.

Hay que olvidar y respetar las diversidades y las contradicciones, las diferencias religiosas, las ambiciones de países que se pisotearon unos a otros. Si todos fuésemos iguales, todos seríamos peores, es la diversidad lo que nos engrandece.

Sin embargo amigo, aún quedamos algunos soñadores. Un reducido número que esperamos que, algún día, alguien en una choza de barro o en un castillo perdido en la inmensidad de una montaña, inventará la paz. Y lo hará de verdad. No será como esos sucedáneos de paz que hemos tenido hasta ahora. Todo lo contrario a la paz ya ha sido inventado.

Queda, pues, el gran invento, el nacimiento más esperado y también el más difícil. Entonces el mundo conocerá a los dictadores arrepentidos, a los hombres y mujeres bomba, a los muertos en las tumbas, a los mutilados, a todos aquéllos que hoy vemos en la televisión mientras hacemos zapping. Dejarán de ser unos rostros sin nombres, para tener uno, el de nuestros hermanos los héroes.

Ya no serán nunca más los desheredados del planeta, heredarán esa paz recién inventada que se han ganado a pulso. Tú no necesitas hacer zapping para verlo, ¿verdad? Tu mundo es el que los demás evitamos ver en la televisión. Para nosotros, es mala suerte que lo pongan justamente a la hora de comer. Para ti, que te ganas cada día el derecho a vivir entre bombas y morteros, es el único que conoces y que, a pesar de todo quieres.

Siempre recordaré esa mirada tuya que hace resurgir flores de los escombros y esa sonrisa que anima a seguir adelante diciendo que hoy no ha sido un día tan duro. Tenemos suerte de poder contarlo. Alguien, probablemente el reportero que daba la noticia, contó tu historia. Una historia corta en el tiempo pero ancha en el espacio. No hablaban de tu vida antes de la guerra, pero te imagino una niña normal, como tantas que hay, que juega, que sueña y que ríe desde el seguro que le ofrece su mundo infantil. Pero llegó la guerra y con ella, el horror, la desesperación. Todo se hundió a tu alrededor, el cariño, la seguridad… tu mundo entero.

Eras una niña o un niño pero te hiciste mayor a base de golpes. Aprendiste a jugarte la vida para llevar un jarrillo de agua a tu madre por las mañanas, a burlar a los francotiradores para ir a la fuente, a oler los morterazos cuando deberías haber jugado. Aprendiste a soportar el dolor cuando deberías haber aprendido la alegría, a llorar cuando deberías haber reído…

Pero a pesar de todo, conservabas parte de tu mundo, tu gente seguía allí, a tu lado y el mundo te parecía menos frío, menos malo. Lo peor estaba por llegar. Un día, tu madre, enferma y seguramente desesperada, te colgó una mochila al hombro con lo suficiente para sobrevivir unos días y se despidió de ti. Fuiste una botella lanzada al mar, a la espera de que alguien te salvase, quizá la última esperanza de tu pobre madre. Si tú sobrevivías, ella también lo haría de alguna manera... Su cara asustada en la ventana es lo último que recuerdas de ella.

Y sus lágrimas, lágrimas de una despedida que se sabe que va a ser definitiva. Yo, desde la seguridad que da la distancia, no puedo más que admirarla y pensar en su valentía, en ese dejarte ir a pesar de los peligros que existían y del dolor que le causaba antes que condenarte a una muerte segura a su lado. Aunque tú no los supieras entonces y probablemente, nunca lo hagas, fuiste su último mensaje de esperanza…

En un mundo destruido y en el que todo carecía de sentido excepto la muerte, ella tomó la valiente decisión de evitarte una muerte segura. Si perecías que fuese, intentando buscar un mundo mejor. Para ella, era demasiado tarde, tenía demasiadas ataduras con aquella ciudad, sin embargo tú aún tenías todo por decidir.

No pedía mucho, tan sólo que te convirtieses en una más dentro de la maraña de refugiados que vivían al amparo de las organizaciones de ayuda internacionales. La suerte que deseaba para ti era que evitase ser uno de esos mil quinientos niños muertos a consecuencia de la guerra en la capital bosnia, ni de esos miles heridos por la metralla, las bombas, las granadas o los morteros que silbaban como serpientes.

¿Y después? Dios diría, el Dios de los musulmanes, de los ortodoxos serbios, o de los católicos. Ese mismo Dios bajo cuya invocación se despedazaban unos y otros, contrariamente a lo que él pedía.

¿Cuántos crímenes se habrán cometido y se cometerán en su nombre? Tenías doce años, decía el reportero. A tu edad, los niños de mi país se pelean por la última versión de la videoconsola. Su infancia, envuelta en algodones y cariños, dura hasta los dieciocho años. La tuya, lo poco que jamás tuviste de ella, acaba de integrarse en el pasado. Doce años y ya tenías pasado. Doce años, qué período de tiempo tan corto para haber perdido el mundo, ¿verdad?.

Todo desaparecía, los besos, las carantoñas de una madre, su cariño. En su lugar, aparece el instinto de supervivencia, la lucha por sobrevivir frente a los elementos, un mundo de adultos al que en circunstancias normales no deberías haber pertenecido. Te convertiste en ciudadana del mundo, propietaria tan sólo de un nombre y un apellido, ni siquiera tu pasado te pertenecía. Un nombre y un apellido, que sólo tú recuerdas pues ni tan siquiera el reportero que narraba tu trágica muerte lo conocía.

Hoy es siempre todavía, ¿verdad? Y así vives tu vida, cada segundo cuenta porque no se sabe de dónde saldrá la bala que te herirá nuevamente. Dicen allá, por vuestra tierra, por el sur que después de una buena noche, es imposible que llegue un buen día.

Y no sé si será cierto, sólo sé que frente a mí tengo unas cuantas hojas vacías que se llenarán de frases que os puedan dar la fuerza suficiente para seguir adelante. Aquí estoy yo, escribiéndote desde la comodidad que brinda el exilio en un país donde no hay bombas ni ruidos, donde uno no tiene que ganarse el derecho a vivir cada mañana. Un paraíso para los que todavía estáis en el ojo del huracán. Ese lugar donde la paz se supone que está inventada, donde la tolerancia es algo más que una palabra, tiene un sentido y los sueños tienen la opción de hacerse realidad.

Pero aquí, igual que allí, todo empieza desde el principio, desde cero, desde abajo. Mis bolsillos, como los tuyos están vacíos. Tú posees la certeza de que nunca se llenarán, yo la incertidumbre de saber si podré llenarlos algún día. Tras una dura jornada, tú llegas a casa sin saber cuántos de los que partisteis por la mañana, estarán de vuelta al caer la noche. Yo, sé que no habrá mensajes en el contestador. Ambos somos personas llenas de dudas.

Tú luchas porque no tienes otro remedio. Yo nunca luché y no sé si ahora tengo fuerzas para hacerlo. Tú convives con unos cuantos supervivientes de tu mundo. Yo soy un claro ejemplo de cuán difícil es convivir con uno mismo en el mundo civilizado. Ambos vivimos con nuestros sueños, tú deseando que se cumplan y yo con miedo a que lo hagan. Convivimos pues, con la fuerza y la cobardía. Fuerza, la tuya para que se cumpla aquello que tanto anhelas y cobardía, la mía, cuando los tengo realmente al alcance de la mano. ¡Cuánta ironía! Quiero pensar que los países del futuro son los que están muriendo en el presente. Los martirizados, los troceados por otros que cuando, agotan sus propios recursos, acuden a ellos para acabar de escurrirles. Pero que no les echarán un cable cuando lo necesiten.

La ironía nos visita de nuevo, amigo. Los que tenemos la suerte de vivir en el Norte, no comprendemos vuestros problemas. En nuestra ignorancia, no nos damos cuenta que son también los nuestros. Los miramos como una pesadilla confusa y lejana, que no nos quita el sueño, que no nos estremece ni nos afecta de verdad. El Norte es el dueño de su destino, pero también del de todos los desposeídos. Quizás, en este momento de recesión y de crisis económica no parezca el mejor para hablar de la desdicha ajena, de las hambrunas, de las enfermedades y la muerte del mal llamado Tercer Mundo.

Tampoco puede que lo sea para hablar de la guerra que divide en dos los países de la Europa oriental. Países estos que en algún momento de nuestra historia consideramos como nuestros compañeros de viaje y que hoy no son más que aquellos que nos inoportunan con problemas que no nos interesan.

A mí, después de ver tu imagen en el televisor, se me antoja que éste es tan buen momento para hablar de tus heridas como cualquier otro. Es un momento ideal, teniéndolas tan cerca, para reflexionar sobre la insolidaridad y la injusticia. Nuestros problemas parten de un notable bienestar, que comparado con tu mundo, clama al cielo, ¿Qué significa, por ejemplo, la liberación de la mujer en tu mundo donde nadie es libre ni para cruzar la acera, la cooperación, donde las necesidades son lo único en común y cada cual hace su guerra para sobrevivir un día más?.

Cuanta ironía para un mundo tan pequeño amigo. Sin embargo, hoy te conocí gracias a la pantalla de un televisor que acercaba dos mundos divididos. Pudiste levantarte de la primera bomba, la cámara grabó una sonrisa que iluminaba el televisor, pero la muerte te esperaba en una esquina esa mañana y un disparo de un francotirador, hizo brotar amapolas rojas de tus labios. Una manera triste de morir, con sólo doce años y una vida consumida por una guerra que jamás entendiste y la incomprensión de los que, como yo, observan cada día las noticias sentados cómodamente enfrente de un televisor. Probablemente el reportero que transmitió tu muerte pensase que llegaba al fin de una tragedia.

Todo acabó para él cuando caíste. Era una muerte más entre los millones de caídos de una guerra. Sin embargo, para mí, tu imagen me ha hecho darme cuenta de que no podemos permitirnos la pasividad ni un día más. Esa pasividad provocada por el adormecedor consuelo de que poco o nada podemos hacer, y que, probablemente sea mejor no intentarlo. Así no añadiremos un nuevo fracaso a nuestra vida.

Tú me has enseñado que se puede todo y que debe hacer mucho, que las pequeñas generosidades individuales se crecen y se multiplican hasta formar un mundo propio. Que una aportación se suma a otra, igual que un grano de arena a otro hasta formar el desierto.

Así nuestras aportaciones se sumarán hasta formar un mundo mejor, en el que tengamos cabida tú y yo. Un mundo que haya conquistado la paz desde una guerra de bondad y en el que yo sea menos cómodo y tú más niña o niño. Un mundo en el que tú y yo ejerzamos nuestro deber fundamental de ser seres humanos.

Sirvan estas líneas como despedida y también como agradecimiento. Que los breves momentos que compartimos en este mundo, no se borren jamás de mi memoria y que tu pérdida sirva para hacerme despertar de mi adormecimiento.

Gracias y hasta la vista amigo.

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