Diremos adiós dentro de ...

Confesión.

BrunoConfesión.
Artículo … 1.275.
Categoría … Relatos.
Publicado por … Bruno Fernández.

Mujer guerrera
Fondo ya

Apenas sin fuerzas para mantenerme en pie, en uno de los anchos ventanales del convento el que he pasado todos estos largos años, me asomo, y permanezco allí varios minutos, tan sólo disfruto del atardecer, el cielo parece estar en llamas.

Noto el viento en mis blancos, finos y escasos cabellos.

La brisa libre que los desordena es el único indicio de libertad del que puedo disfrutar. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la libertad y yo caminábamos agarradas de la mano.

Prevengo que mi grave enfermedad ya no me dejara volver a divisar este hermoso paisaje, que a pesar de haberlo visto tantas veces, hoy hace que se encoja mi corazón y me invita a sentirme un poco más libre recordando lo vivido.

Ahora, en mi lecho de muerte y asiento débilmente una pluma en mi mano, relato esta historia, que no es otra que la de mi vida, a modo de confesión que espero que nos permita yacer en paz a mí y a mi conciencia, la cual ha cargado con un gran peso a lo largo de tantos años de silencio y recuerdo.

Durante décadas he permanecido en este convento sin que ninguna de mis compañeras ni nadie supiese realmente la causa por la que me encuentro aquí.

Hay una simple razón que lo explica, y es que la única vez que le abrí mi corazón a alguien, y le expliqué quien era yo realmente, el destino, cual enemigo al acecho de cualquier paso en falso, clavó en mi pecho el puñal de la traición y el desengaño, pero no adelantemos acontecimientos…

Nací en un pequeño pueblo Gallego, en la primavera de 1.468. Mi familia era pobre y mis padres tenían grandes problemas para mantenernos a mis hermanas y a mí.

Los primeros años de mi vida pasaron sin pena ni gloria, hasta que me convertí en una joven cuyo único cometido eran las tareas del hogar, y sentía que mi vida no iba a ser distinta de la del resto, distinta de lo que lo había sido hasta el momento.

Aunque ya era casi una mujer y la época de los sueños sin sentido, de los proyectos descabellados sin más base que la propia imaginación y los sueños había quedado hace algunos años atrás, cada vez que veía a los caballeros salir del pueblo en sus armaduras brillantes, que a mis ojos fantasiosos parecían emitir mas de mil destellos diferentes, y escuchaba las preciosas tonadas que cantaban, que eran el himno de todos nosotros, que los observábamos marchar orgullosos, seguros de que ellos defenderían nuestro honor y nuestros ideales y de que estarían presentes en cada una de nuestras plegarias.

Cada vez que veía partir a nuestros guerreros con ellos marchaba una pequeña parte de mí.

Me preguntaba tantas veces por qué yo no podía disfrutar del reconocimiento y el honor que una victoria otorgaba… y tantas veces sin respuesta que darme a mí misma que un buen día, tras hacerme con el hábito adecuado, corté mis cabellos y escondí mi rostro bajo el yelmo de una antigua armadura de mi padre, la cual me guardaba bajo llave y partí.

Adoptando un falso nombre, no pasó mucho tiempo hasta que pasé a formar parte de las filas de nuestro ejército. Tras haber sido aleccionada en el arte del manejo de las armas, uno tras otro, los múltiples encuentros con el enemigo fueron enseñándome muchas cosas útiles que me permitieron seguir adelante y hacer que mi nombre fuera por todos conocido y respetado.

De esta manera, y sin casi darme cuenta, iban pasando los años.

Mil batallas… sin embargo, ahora, ninguna de ellas es digna de mención ni distinción, ninguna lucha lo es, por cualquiera que sea la causa que la promueva. Pero esta conclusión me la han dado los años y la experiencia, jamás a lo largo de aquellos primeros años que formaron parte de mi insolente juventud se me hubiese ocurrido nada similar.

Cada vez llevaba mas batallas a mis espaldas, mas muertes, mas sufrimiento, pero también más victorias, reconocimientos, recompensas que eran el alimento de mi amor propio y mi ego. Por desgracia el amor propio era la única clase de amor que yo conocía. Tiempo después, me es difícil precisar, ya que la noción del tiempo en batalla es bastante imprecisa, un nuevo soldado pasó a formar parte de los nuestros.

Era diestro en el manejo de su arma pero al tiempo retraído y algo esquivo. Sin embargo, los rigores del día a día hicieron que entre nosotros surgiese una gran amistad, y las crudezas de la lucha contra el enemigo hicieron estrecharse fuertemente los lazos que nos unían.

Poco a poco me iba dando cuenta de que nada era lo mismo. Ya no me proporcionaba ninguna satisfacción oír que mi nombre sonase en la boca de todos aquellos que ocupaban los altos cargos,, ni ganar en batalla, ni proteger un trozo de tierra.

Me fui dando cuenta de que ese trozo de tierra estaba regado por la sangre y el sudor de nuestros enemigos y por las lágrimas de nuestro pueblo, pero que el fruto que resultaba de este tan grande sacrificio lo gozaban tan solo unos pocos, que nos movían a nosotros cual fichas de ajedrez para su propio beneficio, haciéndonos creer que luchábamos por nuestras familias y por el honor de los nuestros.

Este sentimiento comenzó a afianzarse en mí a medida que mi amistad con el nuevo soldado se iba consolidando hasta el punto en el que para mí dejó de ser una bonita amistad para pasar a convertirse en algo mucho mejor.

Una sola persona había conseguido abrirme los ojos y dejarme ver que la lucha que había estado manteniendo contra otros que estaban en el mismo sitio que yo, obedeciendo ciegamente a unos embaucadores egoístas que no miraban mas allá de lo que a ellos les importaba, no tenía sentido.

Esa persona me había hecho feliz haciéndome ver que ese no era mi camino, que en realidad el mío se encontraba a su lado y pensé que por todos estos motivos debía conocer lo que realmente había dentro de mi corazón y detrás de mi armadura.

Así lo hice y al anochecer, a escondidas, un largo y dulce beso fue el único testigo del pacto que no uniría, la siguiente sería nuestra última batalla y en adelante abandonaríamos ese mundo de lucha cruel y sin sentido, de derramamiento de sangre inútilmente, y volveríamos a casa con nuestras familias.

Todo lo que habíamos obtenido durante estos años nos permitiría ayudarlas y comenzar una nueva vida, lejos de aquel mundo de muerte absurda. Juntos intentaríamos acallar el eco de las voces y los lamentos que retumbarían en nuestros oídos como fruto de tanto tiempo de barbarie y venganza sin fundamento, hasta volver a rehacer nuestras vidas y comenzar de nuevo formando una familia.

Al día siguiente, montados sobre nuestros caballos y con el corazón en un puño al saber que en muy poco tiempo todo para nosotros daría un gran vuelco salimos al campo de batalla. Como tantas otras veces, vencimos al enemigo, provocando el retroceso de estos hacia el sur y de nuevo todo el terreno cubierto por las víctimas de un engaño, más muerte.

Pero esto ya había terminado: bajé de mi caballo y caminé entre los cuerpos de aquellos pobres que sin duda ahora se encontraban en un lugar mejor. Aunque resultamos victoriosos, esta vez las bajas entre nuestras filas habían sido realmente numerosas.

Mil rostros cuyas expresiones desencajadas reflejaban la verdadera realidad de la batalla, pero entre todos ellos, conocí los ojos de mi joven guerrero que, aunque empapados por un mar de lágrimas, en ellos aún resplandecía una tenue chispa de vida.

Corrí hasta donde yacía, caí arrodillada junto a él y esperé a que muriese en mis brazos sin poder hacer nada. A medida de que su aliento se iba debilitando mis esperanzas también lo hacían y cuando sus fuerzas lo abandonaron por completo corrí, corrí lejos de allí, sin rumbo fijo a seguir hasta que el propio cansancio hizo que mis piernas fallasen y caí rendida durante no se cuanto tiempo.

Cuando desperté no sabia donde me encontraba, pero cuando recordé el motivo por el que había llegado a aquel lugar lloré hasta que me quedé sin lágrimas.

Pasaron unas horas hasta que conseguí ponerme en pie. No muy lejos en lo alto de una montaña divisé un pueblo.

Me deshice de mi atuendo guerrero y caminé hasta aquí, hasta este convento del que, desde aquel momento no he salido. No tardaron mucho en llegar a mis oídos noticias como que finalmente Granada había caído en 1.492 o rumores sobre las hazañas de un joven guerrero castellano que un día desapareció tras una dura batalla y nadie más supo de él.

Apuesto a que este testimonio les podrá proporcionar un nuevo final para ese relato. Sin embargo hace tiempo que ese tipo de historias dejaron de interesarme.

Las fuerzas me abandonan y la tinta de mi pluma cada vez dibuja trazos más temblorosos. Aún así todavía debo añadir que los años de reflexión que he permanecido aquí me han hecho ver que de nada sirve la venganza y que el motivo de la vida no es defender una porción de tierra que no nos proporciona nada en absoluto.

Lo que en verdad nos aporta satisfacción es la sensación que no da el encontrar nuestro camino y la verdadera causa por la que estamos aquí, que no es otra cosa que ser lo más felices que nos sea posible y darle importancia a las cosas que realmente la requieran, porque merece más la pena haber conocido en la vida el amor, que no haberlo conocido en una existencia llena de reconocimientos y galardones recibidos por haber defendido unas causas o un terreno, de los cuales nunca obtendremos un “te quiero” ni podrá estrecharnos entre sus brazos mientras nos confiesa su amor…

Una fuerte luz que hiere mis ojos y me ciega, no me permite seguir escribiendo, sin embargo produce en mí una sensación de bienestar indescriptible que jamás antes había experimentado y me invita a entregarme a ella, y quizás llegar al lugar donde siempre he soñado estar: al lado de él…

Mis ojos se cierran y un inmenso silencio inunda la habitación, siendo el de mi pluma al caer al suelo cuando resbalaba de entre mis dedos el único sonido que lo rompe…

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4 comentarios
Comentarios
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4 comentarios:

Benjamin Castro dijo...

Odio esos finales abiertos... ¿que pasó con la pobre mujer?.

Un saludo y te sigo leyendo.

Lucía Magariños dijo...

Interesante historia, ¡me ha encantado!.

Un besito.

Celso Bergantiño dijo...

Confesar en el lecho de muerte, para cuando ir al más allá tener la conciencia limpia.

¡Me gustó esta historia!.

Un abrazo chiquitín !!.

Marcos Castro dijo...

Una vida intensa y que en su lecho de muerte cuenta toda su verdad.

Muy buena historia.

Un abrazote.

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