Diremos adiós dentro de ...

Abuelita.

  385     Abuelita  

Abuela y su nieto

Abuela y su nieto (Photopress)

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda.

Abuelita sabe muchas, muchí­simas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos.

¿Por qué abuelita mirará así­ la marchita rosa de sus devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele a rosa y ella sonríe (¡pero ya no es la sonrisa de abuelita!) sí­, y vuelve a sonreí­r. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
-- Se ha terminado (dijo) y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito…“.

Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volví­a más y más profundo, y en su rostro se reflejaba la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba el sol y entonces dijeron que estaba muerta.

La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas la arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta.

Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo habí­a pedido así­, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.

En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudí­an a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí­; los niños podí­an ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio.

Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarí­an si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodí­as. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a la abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por primera vez la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

Hans Christian Andersen en "La Morada del Búho":
15.09.2011 |
El Ave Fénix.
26.12.2011 |
La Vendedora de Fósforos.

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11.04.2012 | A mi abuela.

Hans Christian AndersenHans Christian Andersen (Dinamarca, 1.805 - 1.875).

Procedente de una familia pobre y humilde, la maestría y sencillez expositiva logradas por Andersen en sus cuentos no sólo contribuyeron a la rápida popularización de éstos, sino que consagraron a su autor como uno de los grandes genios de la literatura universal.

  Bruno Fernández (@BrunoFdz)  

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5 comentarios
Comentarios
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5 comentarios:

Diego Martínez dijo...

Precioso este cuento de Hans Christian Andersen, me ha emocionado porque me ha hecho recordar a la mía, a aquellas noches cuando mis padres trabajan, ella me leía un cuento para que me durmiera.

Un abrazo !!.

Gary Rivera dijo...

WOW!! que belleza, a mi me gusta de sobremanera, porque Mi abuela y yo llevamos una relacion muy estrecha, me crie a su lado y ahora que no esta la extraño muchisimo! Esta entrada me la ha recordado muchisima!

Muchisimas gracias por esta entrada!!

Observatorio Gay Granatense dijo...

Muy bonita historia, sí señor, por un momento creí que era un testimonio personal, aunque estoy por afirmar que así es, porque en el fondo todos tenemos ese recuerdo entrañable, que siempre nos hace saltar la lagrimilla de quienes fueron en nuestras vidas nuestras abuelas...

Sergio dijo...

Me ha encantado este texto, y también me ha recordado a mi propia abuela... y a muchas otras abuelas que he conocido y que ahora ya no están...

Pimpf dijo...

Muy bonito, no lo conocía el cuento este de Andersen. Ay, como son las abuelitas... ¿quién no piensa en las suyas al leerlo?

Bicos ricos

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