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Canción del mar.

810 | Canción del mar.
Relatos.

Hombre y mar

Reflexiones de un fotógrafo aficionado

Una "portuguesiña" me sorprendió mirando al mar. Su voz suave, melodiosa, se acercaba a los acantilados para romper en un grito. Un estruendo que vestía las piedras de blanco. Notas que se perdían entre las grietas y se descolgaban como el eco de las olas hasta fundirse en transparencias que se replegaban acariciando la arena y los sentidos. Callada, huía sin fuerzas; para regresar en otra explosión atronadora.

Un lamento de burbujas que se licuaba lágrima a lágrima (parecían gemir a coro las rocas), y se iba; se alejaba arrastrándome con él. Turbada, renacía del suspiro con un clamor desgarrador.

Si no conociese el mar, diría que en Portugal cantaba; cantaba con voz de mujer y lloraba cantando. Imposible.

Me asomé al borde del acantilado para ojear la pequeña cala y allí descubrí a la "portuguesiña". Paseaba descalza, vestida con una túnica blanca; bajo los pies, sus huellas surgían como estampas y se desvanecían con el vaivén de las olas, igual que su voz.

Acudí a la mañana siguiente, con la ilusión de oírla de nuevo, y ella y el mar también acudieron. Varios días, hasta que la sirena portuguesa reparó en mi; al verme calló.

Enmudeció y se fue, se alejó en silencio, sinuosa; ondulante como su vestido inmaculado.

Dediqué mis vacaciones a espiar entre las piedras, escondido, con la esperanza de que reapareciese la "portuguesiña". Necesitaba oír su canto, deseaba agitarme y rugir como el mar; y las olas iban y venían, una y otra vez, cada mañana, de vacío.

Ya era puesta de sol, mi estancia en Portugal se consumía como el ocaso; una brisa que me arrastraba tierra adentro; intensa como los susurros de tristeza. Se batió el mar, explotó, y mis ojos burbujearon al no oírla cantar. Desconsolado, di la vuelta con ellos cerrados; que allí el llorar es canto.

Al abrirlos, descubrí la melena negra y el vestido blanco que me estaban esperando; se batían como las olas contra un farallón mágico, surgido de la nada. Ella, su sonrisa, se licuaba y arrancaba destellos de sal en su rostro mientras me aguardaba con la mano abierta y un papel, una nota que me entregó y se fue; ligera, muy ligera, igual que la efervescencia marina.

Agarré el papel como si temiese que las olas lo borrasen igual que las huellas de sus pies y lo desenvolví impaciente, antes de que el océano se estrellase de nuevo contra los peñascos.

-- Si você gosta do mar, gosta do fado –. (Si te gusta el mar, te gusta el fado).
-- Cancâo do mar –. (Canción del mar).

Me brillaban los ojos al ver como las olas se alejaban cantando, sedas rumorosas empapadas de fado. Pisadas que agrandaban la playa entre nosotros y grababan en la arena un recuerdo imborrable.

Autor |  Xosé Antón

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Bruno Fernández | @BrunoFdz

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2 comentarios
Comentarios
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2 comentarios:

Benjamín Castro dijo...

Preciosa historia... si es que Portugal tiene su encanto.

Un saludo y te sigo leyendo.

Pimpf dijo...

Vamos, me he imaginado la playa de Moledo, sus olas y sus corrientes, y el viento, solo le falta una sirena portuguesa cantando un fado.

Bicos ricos

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